Inés

Llevo varios días con este post en la cabeza. Ha llegado el momento de volcarlo sobre el papel. No quiero, pero sé que tengo que hacerlo.

Se llama… limpieza de asuntos pendientes.

Te habría querido llamar Inés. O Aurora… Intentaría no sentir celos de ti frente a tu padre al que se le caería la baba contigo. Seríamos dos pequeñas cómplices, unidas por una sabiduría que sólo el par23 de cromosomas XX puede proporcionar. Te habría querido enseñar todo lo poco que sé, sobre las “artes de mujer”. Te habría peinado con trenzas y lazos y vestido de rosa, encaje y volantes.

Habría estado orgullosa de ti desde el primer momento, por ser continuación de mi linaje como mujer, portadora de útero, guardiana de vida.

Habría visto en tí a tu bisabuela, cuyo nombre siempre quise que llevara mi hija, pero por más que me siguiera gustando el nombre, no te habría llamado “Libuše” en España, dónde nadie supiera pronunciarlo.

Me habría dejado sorprender cada día por tu forma de ser, por lo que tuvieras que enseñarme. Te amaría con locura.

Te habría cogido en brazos todo lo que el cuerpo me pidiera al igual que hice con tu hermano, jamás te habría dejado llorar en la cuna.

Te habría intentado dar el pecho, ya que con tu hermano no pudo ser, contigo lo habría vuelto a intentar, tal vez más serena, más confiada, con la pequeña experiencia de la primera vez a mis espaldas.

Jamás sabré si me habría vuelto loca de preocupación porque tuvieras los ojitos mal como tu hermano. Y por eso jamás te cogeré en mis brazos, hija que no pudiste ser.

Lloro por dentro. Mi interior llora por la hija que no podré tener. A veces, no hace falta llorar un aborto. A veces, basta con la idea no materializada, el deseo frustrado, el instinto aplacado. Las mujeres somos así de tontas. Por eso lo escondo, intento no reconocerlo, porque “es una tontería”. Tengo un hijo sano, ¿qué no darían otras mujeres por experimentar la maternidad por lo menos una vez?

Y las familias con un solo hijo, convencidas y decididas desde el primer momento en que así están bien.

Yo no sé por qué mi útero clama por alojar por lo menos un inquilino más en su interior. Es algo con lo que lucho desde que el oftalmólogo nos dijo que no tuviéramos más hijos porque había riesgo de que volvieran a nacer con el glaucoma. Así, tajante, seco, como sólo alguien acostumbrado a dar malas noticias constantemente puede hacer. No sabría el hombre el infierno que se desataba en mi interior.

Siempre quise tener dos hijos. Cuando era pequeña, los hijos únicos me parecían tristes. Cuando me quedé embarazada, compramos todo de color gris, beige, verde, amarillo… para que pudiera ser reutilizado. Incluso cuando ya supimos que venía un varoncito, prohibí el color azul y seguí eligiendo cosas “unisex”.

Fue en aquel entonces – cuando nos confirmaron el sexo del bebé – cuando me di cuenta de que sentía miedo de tener una hija, porque rivalizaría conmigo en el afecto de su padre. Me alegré de que fuera un varón.

Pero nunca dejé de pensar en tenerla. No sé si el siguiente habría sido “la parejita” – tal vez me habría tocado otro niño. Le habría querido igual.

La hija que nunca podré tener se ha convertido en un fantasma bien gordo en mi interior. Me acompaña a todas partes. Después de tantos años conviviendo, la ignoro la mayor parte del tiempo, pero está allí y su sombra se hace cada vez más pesada.

Por eso la suelto aquí. Para liberarme. Es como una bola en el pie que no me deja disfrutar de lo que tengo, de lo maravillosamente fácil que es mi vida con un solo niño, un maravilloso ser lleno de luz que colma todos mis instintos como madre, un precioso diamante que brilla sólo para mí, con un vínculo inquebrantable. ¿Y qué, si yo nunca me vi como una madre de esas, que sólo tienen un hijo? ¿Y qué, si me siento coja al tener sólo uno?

Creo que en realidad, son las ganas de “volver a hacerlo mejor” las que me tienen “pillada”. Esa arpía de la “hija ideal” lo único que hace es susurrar en mi cabeza seductoramente: “Yo habría sido perfecta, conmigo todo habría ido tan bien, conmigo lo habrías hecho todo fenomenal…”

Y una mierda. Posiblemente, los cambios hormonales me habrían vuelto la vida patas arriba durante los 9 meses de embarazo, como la primera vez. No me reconocería, estaría con cambios de humor, cansancio, gases, estreñimiento, pies hinchados, engordaría, me crecerían demasiado los pechos.  Probablemente, la lactancia habría sido el mismo caos que con el primero – un mar de dudas, cansancio, falta de sueño. Seguramente, aunque me crea “escarmentada” y “con experiencia”, me enfrentaría a cosas nuevas que me dejarían baldada, agotada y superada. Mi vida sería una carrera a contrarreloj entre trabajo, guarde y cole y las facturas por pagar nos perseguirían.

No, gracias. Tengo que dejarlo ir. El sueño imposible de volver a ser madre y esta vez, “hacerlo bien”.  En el fondo, lo de los ojos es una señal del destino, un regalo: ha marcado un claro “stop”. Por algo será.

No existe “hacerlo bien”. Ya lo hice lo mejor que pude y lo sigo haciendo todo lo bien que puedo todos los días. Así que, ya está bien. Déjame en paz, Inés, Aurora o como sea que te llames… no eres más que una quimera y un espejismo que se alimenta de mis dudas y de la culpa, ¿verdad?

Qué bueno es escribir. Falta algo para terminar este post, unas palabras contundentes, alguna idea profunda…

Ser madre es el mayor regalo que la vida te puede brindar. Disfruta lo que tienes. A caballo regalado… Es un regalo perfecto en su imperfección y todas las pegas que le puedas encontrar demuestran una cosa muy importante: que lo tienes. 

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2 comentarios en “Inés

  1. Escribe en checo si quieres, pero no puedes dejar de escribir en castellano porque escribes extraordinariamente bien en este idioma que manejas a la perfección, escribir no es sólo poner letras una detrás de otra formando palabras y estas formando frases, escribir es transmitir sentimientos y emociones y eso, lo haces a la perfección. Un beso.

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