Del baúl de los recuerdos V – Doble visión

Bien, hay un capítulo de mi vida que creía tener cerrado y superado pero no es así.

Esta soy yo de pequeña:

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Supongo que no os llamará mucho la atención, una foto normal y corriente de una niña de 1 año y pico… Y no le veréis nada fuera de lo común. Yo sí. Yo la miro y sólo puedo ver mis ojos. Están rectos, los dos alineados. Tan normales. Sin gafas. Pero sobre todo, mirando los dos para adelante. Es la única de toda mi infancia en la que tengo los ojos así. Durante mi adolescencia, la miraba muy a menudo con una mezcla de sentimientos difíciles de explicar.

Me cuentan mis padres que sobre los 3 años, de repente empecé a desviar un ojo para adentro. Así:

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Me llevaron a los oftalmólogos, por supuesto. Historia clínica, anamnesis del paciente: ¿Hay antecedentes familiares?  Mi padre tiene visión doble y estrabismo desde pequeño.

No tengo recuerdos de aquella primera etapa. Los primeros recuerdos de las consultas que tengo son a partir de los 5-6 años. En aquellos años, yo ya sabía con lo que íbamos a pasar las mañanas en oftalmología a veces: yo veía doble como papá.

Llegábamos y en una ventanilla, las enfermeras cogían la cita y buscaban una carpeta con mi nombre. Al rato, me llamaban a una consulta, dónde me hacían pruebas y luego pasaba a otra dónde seguíamos con ejercicios en diferentes máquinas. Por ejemplo recuerdo una que tenía en medio para apoyar la frente y la barbilla y una especie de anteojos para que tus ojos se quedaran situados mirando por ellos. En uno, se veía una casita y en otra, una mesa. De cada anteojo salían unos brazos que manejaba la enfermera y según los movía, te iba acercando las dos imágenes. Tú tenías que decir cuándo la mesita se metía en la casita. Nunca. O flotaba al lado pero más alto o más bajo, entonces la enfermera se apresuraba a ajustar la máquina y la mesita descendía o se elevaba, hasta situarse en línea con la casita y empezaba el acercamiento… allí allí ¡casi! cuando tocaba unirse, una de las dos imágenes desaparecía invariablemente.

¡Eres una campeona, lo has hecho muy bien!

Vuelta a la sala de espera a entretenerme como buenamente podía, nos llamaban a una consulta, a otra… Recuerdo otro ejercicio. Me decían que me tapara un ojo, entonces la enfermera cogía una linterna alargada que en los descansos, yo veía reposar en la mesa y ansiaba poder tocar – me imaginaba que tendría el cuerpo de metal estriado, rugoso al tacto y que pesaría en la mano, como la linterna de la casa del campo de los abuelos… Con la diferencia que esta no proyectaba un haz de luz, sino un destello rápido de una raya, en horizontal en un ojo y luego, en vertical en el otro. Y luego, a cerrar los dos ojos y describir que veía.

¿Había una cruz??

Nunca llegó a formarse una cruz. Había una línea horizontal y otra vertical, pero separadas.

A veces, subíamos a otra planta a una sala de espera más silenciosa y más elegante para pasar a la consulta de la Jefa de Oftalmología, para que me viera ella en persona.  Me sentaban en un sillón que me quedaba demasiado grande y me hacían leer letras en una pantalla rectangular, iluminada por dentro y situada en la otra punta de la habitación, mientras las persianas de láminas horizontales estaban siempre bajadas y a medio cerrar, para que no entrara tanta luz… los oftalmólogos, como los murciélagos que viven en oscuras cuevas y salen a volar cuando es de noche, trabajan siempre en penumbra.  Me ponían unas monturas metálicas con muchos tornillos y me iban colocando diferentes lentes que iban cogiendo de una bandeja muy grande, dónde había varias hileras de lentes de cristal de diferente grosor, con pequeños numeritos y colocadas cada una en estricto orden.  Yo me esforzaba en enfocar y tenía que decir si veía mejor o peor, hasta que dábamos con aquella combinación de lentes que hacía que de repente el mundo que me rodeaba se perfilaba con una nitidez desconocida. Los ojitos, seguían siempre bizcos.

Dicen que mi cerebro no es capaz de juntar las dos imágenes que recibe de los dos ojos. Lo han intentado con todos los medios que estuvieron a su alcance: con oclusión: me ponían un parche de plástico gris sobre la gafa o pegaban el cristal de la gafa con parche autoadhesivo. Me hacían gafas especiales: durante un tiempo, llevaba unas gafas horrorosas porque eran con la mitad del cristal de un grosor y la otra de otro… o me hicieron un par de gafas y tenía que alternar una y otra por días: un día una gafa, al otro la otra, al otro día la primera, y así… Estuve yendo a supongo que terapia visual, pero no con mucho éxito. Mi madre, siempre estresada, yo mirándola temerosa y muerta de miedo cuando me quedaba a solas con la terapeuta. Era una señora joven y agradable que encima intentaba ser amable conmigo, yo lo intentaba pero no podía.  Nos mandaban ejercicios de motilidad oculares (seguir un peluche hacia la izquierda sólo con los ojos, hacia el otro lado sólo con los ojos… pero que no recuerdo que hiciéramos luego en casa), hasta me internaron con 6 años en una especie de campus de terapia visual durante dos meses (lo pasé fatal. Lloraba todo el rato echando de menos a mi casa y me ponía tan nerviosa en las sesiones que era imposible trabajar conmigo).

Pese a haberme pasado horas y horas en consulta de pequeña y pese a haber seguido acudiendo a revisiones periódicas durante mi adolescencia e incluso pasados los 18 años, no hubo avance ninguno. Soy un caso perdido. Veo doble y miro o con un ojo o con otro, nunca con los dos. Para anular la segunda imagen, mi cerebro manda desviar un ojo hacia dentro.

A veces, en algunas consultas, oía la palabra “operación”. Recuerdo caras serias, dudas en los rostros de los adultos, tensión en el ambiente.  Y yo en medio del universo, sentada en un sillón que me quedaba grande, mirando el mundo en dos direcciones distintas.

“Mejor no la operamos,” decidía la Jefa de Oftalmología al final. “No sabemos si volverá a forzar los músculos y volverá a desviar.”

“Mejor no se le tocan los ojos a mi hija, quirófano no,” sentenciaba mi madre.

Pasen por ventanilla a por la siguiente cita.

En casa, solía jugar a “ir a la consulta”. Cerraba las cortinas en pleno día para crear la penumbra, sentaba una muñeca en la silla de mi escritorio y jugaba a que yo la atendía. Y entonces me acordaba e iba corriendo a mi madre, que fumaba en silencio, dando profundas caladas, sacudiendo las cenizas de la punta en un cenicero a rebosar de colillas y expirando grandes volutas de humo.

¿Mamá, me das una linterna?

¿Para qué quieres una linterna ahora??

Para jugar…

Fui carne fácil de las burlas en el colegio. Pasé rachas mejores y rachas peores. Tuve amigas y no las tuve. En el Instituto, tuve amigas, pero no tuve novios… era complicado ser adolescente con un ojo para dentro y con gafas.

Finalmente me operé de estrabismo siendo ya adulta y viviendo sola, por el tema estético y con eso me hice muy feliz (no os imagináis cómo entiendo a las personas planas que se aumentan el pecho o aquellas que tienen la nariz torcida y se hacen la rinoplastia… cómo las entiendo).

Me hice una adulta más segura de su imagen. Sigo viendo doble. Pero eso, la gente no lo sabe. Un ojo se me desvía un poco para dentro. Pero eso, ya no me importa tanto, casi no es nada.

Me casé y llegó el tema niños. Obviamente, hay un componente genético. Mi padre -> yo ->…  Durante mi adolescencia, decidí firmemente no tener hijos para no perpetuar la enfermedad. Pero la vida da muchas vueltas y tal vez porque gracias a la operación al final maté algunos de mis fantasmas… accedí. El gusanillo del miedo a que el peque heredara mi problema y pasara por todo el calvario que yo pasé, estaba allí… pero me hacía ilusión ser madre. Mi marido tiene los ojos estupendos y me dijo una cosa que sonaba muy razonable: el niño no tenía por qué heredar la vista de mí.

Se equivocó.

Porque en la vida, las apuestas al azar son eso… apuestas al azar. A veces la cosa sale bien, a veces… se confirman tus peores temores.

Y no estoy hablando del glaucoma congénito, que fue un doble batacazo emocional recibir aquel diagnóstico en su momento: me tocó vivir el temor y la ansiedad que experimentaría cualquier madre en tal situación más mi incredulidad de lo caprichoso que puede llegar a ser el destino – me pasé el embarazo preocupada para que el niño no tuviera estrabismo y me sale… con glaucoma.

No sabemos todavía si el niño ve doble. Pero desde que pasamos por la consulta del optometrista, sabemos seguro que no mira con los dos ojos a la vez. Yo misma vi las pruebas – cómo el niño miraba tres líneas de letras y sólo leía dos de ellas, porque para él, no había nada más. La tercera línea, la que correspondía al otro ojo, no podía ser vista porque su otro ojo lo tenía mirando a su nariz.

Y eso… me trae recuerdos y es el motivo por el cual escribo este post. Porque creía tener cerrado aquel capítulo de mi vida pero los sentimientos han aflorado demasiado vívidos… pero estoy harta de sufrir. Este es mi deseo que quemo en la hoguera de San Juan: Acabar el sufrimiento.

Espero que en esta ocasión, en el caso de mi niño, la mesa entre en la casita. Y que la cruz se una. Lo espero y lo deseo muchísimo.

Para terminar hoy, quiero compartir aquí esta canción de Robbie Williams – Love my life. Va para mi niña interior y para mi hijo. No podría expresarlo mejor.

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