Coleccionando momentos buenos

Es acostumbrarse a hacer cada noche un repaso mental del día y a ser posible apuntar los momentos buenos. Es un ejercicio que me obligo a hacer desde hace un tiempo y trae sus resultados… Bueno, se supone que contribuye a mi bienestar, ya que entrena el cerebro para ser feliz y… me da para escribiros este rápido (pero no corto, uff… lo siento, el arte de escribir post breves lo tendré que practicar aparte) post.

De lo que me doy cuenta es que para poder vivir estos momentos y saborearlos como se merecen, necesito hacer hueco en mi vida y las cosas que más me estorban son eso: cosas. Así que estoy poquito a poco tirando trastos que no usamos y planificando gran limpieza en casa para deshacerme de más y más trastos. Por lo menos lo que hago desde ya es que antes de comprar nada, me lo repienso tres veces y me pregunto: “¿Necesito otro trasto más en casa?” Ya que en el momento de la compra te parece buena idea y piensas en los buenos momentos que te hará vivir – yo que sé, un libro, un cuaderno para colorear mandalas, un objeto de decoración… pero luego lo traes a casa y se queda olvidado en un rincón, porque no tienes tiempo para disfrutarlo y utilizarlo. Así que yo, poco a poco, voy simplificando, ordenando, despejando y vaciando mi vida de trastos para hacer hueco a lo importante… y arañando tiempos… porque mis trofeos ahora no son cosas, sino momentos. A saber:

Momento reponiendo fuerzas: mis meriendas saludables, repostando energía para enfrentarme al segundo (y más exigente) “turno” del día (la tarde/noche sola con el niño): por ejemplo yogur natural + semillas de chia + plátano + mermelada o miel…

Y mis ratitos de relax a continuación  tumbada sin hacer nada dejando los pensamientos volar (minisiesta semidespierta) o viendo algo que me gusta a mí en la tele para relajarme antes de salir de casa para ir al parque o a la piscina (ahora con el calor, no salimos hasta las seis y media – siete…) mientras el peque trastea en su habitación jugando por libre.

Momento “fuerzas de la naturaleza”: haciendo yoga en casa, mientras fuera retumban los truenos y estalla la tormenta con trombas de agua… No sé si gracias al hecho de estar conectada con el momento presente que te aporta el yoga, pero fui muy consciente de lo que se desataba en el exterior y disfruté de su fuerza, sabiéndome  “bien resguardada”…

La última vez que  experimenté esa sensación  fue en el salón de casa, con el niño recién nacido, durante una noche insomne dándole el pecho a demanda, pasando más tiempo despierta que dormida… y fuera hacía muchísimo viento muy fuerte, silbando, llenando la quietud de la noche con mil ruidos de cosas golpeadas o arrastradas, con violentas ráfagas retumbando en las persianas… y yo con el niño en el pecho, como testigo involuntario de toda aquella cacofonía que traían los ecos de la fuerza del vendaval.   Recuerdo aquella noche entera – a las dos el viento silbaba, a las tres, siguió silbando, y a las cuatro, y a las cinco… y a la vez la recuerdo como un instante, como una fugaz conexión con aquel presente… que en realidad se prolongó durante horas.  Toda la ciudad durmiendo, solos el viento, el niño y yo. Que ahora que lo pienso seguramente habría más gente despierta – trabajadores nocturnos, otras madres de postparto, ancianos con el sueño ligero… pero yo me sentí como si no existiéramos nadie más que el niño y yo.

Momentos de “ajetreo”: Llamada de 1 min 49 segundos de duración exacta a una amiga con niños, sólo nos dio tiempo a decirnos: “Sólo quiero que sepas que pienso en ti y quiero quedar, nos escribimos” y tuvimos que colgar, porque nuestros respectivos niños nos reclamaban otra vez.

Momentos “tribu”: En el parque o en la pisci por las tardes con otros padres: casi siempre vamos con algún amiguito de clase (tenemos un whatsup “paralelo” al oficial de clase, que utilizamos para quedar por las tardes o fines de semana…) y momentos de felicidad al ver al niño jugando con los amigos, por ejemplo ayer a “caldero burbujeante” con agua y arena, o sea, poniéndose perdidos de barro…  U otro día que fuimos solos al parque y enseguida se acopló con los niños que había para jugar a los superhéroes…

Momento profunda conexión niño-madre, momento sanando vínculo, momento expansión de espíritu: Leyendo los cuentos por la noche.

Momento conteniendo la respiración, momento espera: Observando el momento exacto cuando el peque se queda dormido…

Momento sinceridad, momento alma al desnudo, momento con M mayúscula: El otro día, cuando fui a correr con las mami runners y me desahogué contándoles lo que le pasaba al niño y expresando mis dudas y miedos y que me siento responsable o culpable de alguna manera y la otra mamá, a la que sólo conozco de salir a correr, me dijo con los ojos húmedos: “No puedes pensar eso. No te puedes echar la culpa. Yo (…) y no fue culpa mía.” (los puntos suspensivos son porque me contó una cosa muy muy personal). Momento pelos de punta y abrazo colectivo las tres…

Momento “necesidad corporal”: llegar a casa a las once de la noche después de correr y con el termómetro que seguía marcando 30 ºC y estar sedienta y por fin beber mucha agua fresca que me supo a gloria…

Por cierto este momento de necesidad corporal satisfecha es muy comparable al momento ese que sale en los anuncios de ciertos cereales integrales o yogures bífidus, cuando la modelo sale sonriendo dándose palmaditas en la tripa… vamos, ya sabéis… el momento “evacuación” que para las personas estreñidas habitualmente pues cuando por fin pasa, es un momentazo.

Momento alegría el fin de semana por la mañana, mientras estoy desayunando tranquilamente en la cocina, habiéndome levantado un poco antes aposta para poder hacerlo, y de repente el niño, con la carita de recién despertado y los pelos de loco se asoma sonriendo a la cocina y da así el pistoletazo de salida de ¡otro gran día!

Momento “buscando recursos” cuando bajamos un momento a la calle para hacer dos recados por el barrio y se me ha olvidado coger agua y al niño le entró sed, entonces fuimos y pedimos un vaso de agua gratis en la heladería dónde vamos en otros momentos a tomar helados y nos conocen… y nos lo dieron, tan amables como siempre.

Ya me sacaron de un apuro el año pasado, cuando volvimos de las vacaciones y llegamos a casa a las once de la noche, la nevera y la despensa vacía y el niño quería un vaso de leche antes de dormir (en aquel entonces lo tomaba siempre) y no teníamos ni una gota de leche en casa. Salí a la calle a recorrer los chinos del barrio y ninguno tenía leche… hasta que pasé por delante de la heladería, todavía abierta… y entré y les pedí si me podían vender un vaso de leche sola. Y el dueño, riéndose, ¡me regaló un brick entero de leche sin abrir!

Esto me recuerda… momento “resignación”: cuando en un momento sin pensar las consecuencias le enseñas al niño que hay un helado Pitufo, lo prueba, le gusta y… la próxima vez lo pide otra vez y te das cuenta con horror que el helado Pitufo ha llegado a formar parte de tu vida. ¡Prefería terminarme las tarinas del helado de chocolate que había sido su favorito hasta entonces!

Y eso me recuerda (momento “anécdota”, ahora mismo): Unos buenos amigos que antes vivían en el mismo barrio, eran asiduos y muy fans del helado de chocolate de dicha heladería. Hasta que se fueron a vivir a la otra punta de Madrid y siempre echaban de menos estos helados. Un día, él estaba por trabajo en Alcobendas y decidió pasar por la heladería y comprarle a ella una tarina para llevar y se le ocurrió gastarle una broma: no hay cosa que ella odie más que el helado “pitufo” (el de color azul). Entonces él le pidió al dueño si le podía servir la tarina casi hasta arriba de helado de chocolate negro, luego poner papel film y poner una capa de helado azul para que pareciera que toda la tarina era así… y el dueño, con ese acento argentino suyo y esa sonrisa que nunca le abandona, se dispuso a cumplir diciendo: “Sí, por qué no, yo estoy por cualquier tontería,” y le sirvió el helado al marido de mi amiga exactamente como éste se lo pedía.

Momento sentirme trasladada a otro tiempo y otro lugar cuando entramos en el Parque del Retiro por la Cuesta de Moyano dirigiéndonos a la Feria del Libro y hubo un momento que parecía que estábamos cruzando un profundo bosque…

Momento emoción y asombro cuando llegamos a la caseta y nos pusimos a la fila y éramos los segundos y la autora (Anna Llenas) firmó los cuentos añadiendo unos rápidos dibujos del niño… No sé si la pillamos “fresca” (porque éramos los segundos de la fila) o si es que firma así siempre… pero nos encantó el detalle. Así los cuentos de “Si yo fuera un gato”, “Te quiero….casi siempre” y “El monstruo de colores”, que eran parte de nuestra historia, ahora contienen al niño como parte de sus historias para siempre…

Momento satisfacción cuando araño 10 minutos por la noche y rápidamente me quito las durezas de los talones con la lima eléctrica para pies (¡¡qué gran invento!!) y momento placer cuando además me echo crema hidratante y los pies quedan suaves y con la piel nutrida…

Y etcétera y etcétera… Si os fijáis un poquito, descubriréis que sin tener que hacer grandes planes, la vida ya está llena de magia pura.

Y vuestra vida, ¿cuántos momentos buenos tiene?

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