Momentos mágicos…

La semana pasada fuimos a Oftalmología a revisión y como es nuestra costumbre, después pasamos la tarde en familia. Como tenemos el Bonoparques, nos fuimos al Parque de Atracciones que un miércoles de junio a las dos de la tarde, estaba prácticamente vacío. ¡Qué gusto montar sin esperar colas, qué bien me supo la ensalada y el bocata de tortilla y qué empapada me quedé tras montar tres veces seguidas en Los Rápidos!

Fue al acercarnos a la pista de coches de choque para niños. Al peque siempre le ha gustado verlos, pero nunca se atrevía a conducirlos. Aunque ya daba la altura mínima (90 cms, creo que la alcanzó con dos años y medio…), no se quiso meter nunca y nosotros lo respetábamos y sólo nos acercábamos “a ver cómo conducían los demás”. Un día, hace dos años, estaban mis padres en Madrid y fuimos juntos al Parque de Atracciones y los dejamos solos con el niño un rato, para aprovechar e ir a montar en alguna atracción de mayores solos mi marido y yo. El niño tiró de los abuelos hacia la pista de coches de choque con la diferencia de que cuando volvimos, el pequeñín estaba montado en uno de los coches, en medio de la pista, parado y frustrado intentando infructuosamente coordinar los movimientos pie-pedal y manos-volante para avanzar…

“Pero mamá, que él no monta, sólo le gusta ver,” le expliqué a mi madre, un poco alarmada.

“Ay yo que sé, hija, la monitora le decía ¡Ven, ven! y le pasó para dentro,” se defendió mi madre.

Yo pensé con resignación: ´Éstos son mis padres. No se andan con miramientos. Autonomía al máximo.´

Mi estilo es otro. Si el niño no quiere montar, pues no se monta, sólo nos quedamos a ver. También es útil y entretenido observar, ¿o no?

Total que cuando el miércoles pasado el niño dijo: “¡Coches de choque!” pensamos que otra vez nos tocaría mirar, pero… no había nadie. La pista vacía… mmm. Le dijimos: “¿Y no quieres montar? Mira, no hay nadie, tienes toda la pista para tí,” y para nuestra sorpresa, el peque dijo: “¡Vale, venga, monto!”

Y se montó. Y fue el momentazo… ver cómo por fin, él solito, se había soltado. A la primera tuvo ciertas dificultades, pero no se rindió y a la tercera ya cruzaba la pista haciendo elegantes giros como si condujera de toda la vida. ¡Y qué divertido era chocarse!! De repente llegaron más niños y la pista se llenó, pero eran los únicos y se montaron una y otra vez… sonaba la bocina de fin de viaje y todos los niños salían en tropel, corriendo a ver quién llegaba el primero para ponerse otra vez en la fila… Lo más divertido sin duda era ver esa carrera loca de la salida a la entrada… y lo más bonito, saborear esa “primera vez” y sentir la alegría (con un poco de orgullo y un poco de nostalgia) de que el peque había superado su pequeño miedo (y eso le hacía ser un poco más “mayor” e “independiente”).

Me recordó la primera vez que el peque montó solito en un carrusel, en una pista de trenecito de la feria, bueno montó al lado de su primo, con dos añitos y medio sería… antes el carrusel le daba miedo y sólo montaba en los tiovivos. Y de repente verle allí sentado tan formal, su pequeña cabecita encima de la espalda rígida, agarrándose y riéndose mientras le llevaba el coche de bomberos subiendo y bajando por las curvas… me hizo hasta saltar las lágrimas de la emoción en aquella ocasión.

Y me acordé de otra cosa, hace un par de veranos, coincidíamos mucho en el parque con unos amiguitos que siempre llevaban globos de agua y se divertían echándose chorros o lanzándolos para que explotaran… ¡pues a mi peque le daban grima! No soportaba tocar un globo con agua, ¡no le gustaba ni una pizca! Y me acordé de esto antes de ayer, cuando una mamá de una compi del cole, en una de nuestras tardes comunes en el parque, sacó una bolsa de globos de agua. ¡Ni grima ni nada! El peque encantado de lanzar “bombas” y las mamás que no dábamos abasto para llenar más y más globos.

Bueno, estos tres casos son un poco tontos, cosas sin importancia, pero para mí ilustran que en la crianza, todo llega cuando tiene que llegar. Y yo prefiero mil veces que llegue cuando el peque está preparado y entonces, sale de él y lo hace porque quiere… a obligarlo antes de su tiempo porque “los demás lo hacen”, “no seas miedica” etc.

Me gusta respetar sus tiempos y así saborear las pequeñas victorias que sólo tienen significado para tí, porque puedes ver cómo el peque ha subido un escalón. Y estoy convencida que pasa así con todas las cosas importantes del desarrollo… pero muchas veces no dejamos que los niños vivan su infancia a su ritmo. Lástima.

Nunca sabré por ejemplo cuándo habría sido el momento mágico en que el peque me hubiera dicho: “¡Mamá, quiero escribir!”… porque en el cole, se enseña ya y tienen que hacerlo… aunque se les dé fatal.

 

 

 

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