Inteligencia Emocional

Como sociedad occidental hoy en día, yo diría que perseguimos sobre todo la perfección como fuente de la felicidad eterna… Nos bombardean con los mensajes de que tener la casa perfecta, el coche perfecto, el trabajo perfecto, el cuerpo perfecto, la ropa perfecta, las vacaciones perfectas… nos hará felices. Y tal vez porque todo ese castillo en los aires promete esa pizca de algo tan básico y elemental que el ser humano realmente necesita – la felicidad – seguimos empeñados en conseguir ese ideal de perfección inalcanzable pero cuya trampa no somos capaces de ver.

Lo más peligroso es creernos que “nos lo merecemos”, esa imagen de exclusividad que utiliza muchísimo el marketing, pretendiendo vender millones y millones de sus productos, pero dirigiendo las campañas para que pareciera que te hablan sólo a tí, a tí en concreto y en exclusiva. Creernos que el coche tal… nos hará felices, o la marca de cereales tal… nos hará felices, o que el viaje en el crucero tal… nos hará felices… es una mentira y bien gorda.

Cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que estoy harta de la perfección. Hace poco me tocó escribir una lista de logros personales, cosas de las que me sentía orgullosa en mí misma… y tras escribirlos me di cuenta de que lo que yo considero como mis pequeños triunfos personales y cosas que me han hecho crecer han sido situaciones que vistas en retrospectiva, eran difíciles, en las que me he tenido que curtir… dónde realmente he podido aprender, ponerme a prueba y sacar lo mejor de mí misma.
Así que yo le veo ese fallo a la vida perfecta, a la vida fácil: ser el camino llano y alisado… y carecer de obstáculos. Porque los problemas son oportunidades, no nos condenan, sino que son un desafío a nuestra creatividad y nos dan la posibilidad de aprender algo.

A veces la lección es aceptar que la cosa es como es y no se puede cambiar… y te tienes que adaptar y conformar. Otras veces el aprendizaje es que puedes solucionarlo y salir adelante y entonces te creces y haces totalmente tuya la frase de:

“Lo que no te mata, te hace más fuerte”.

Así que yo digo: Saboreemos la vida imperfecta, torcida y caótica que se nos viene encima,  porque vivir es un privilegio y porque en nuestras manos está… el elegir nuestras metas. Sólo nosotros ponemos el tope de hasta dónde queremos llegar. Vale, tal vez influya la proverbial pizca de buena suerte… aunque dicen que “la fortuna favorece a los que están preparados” – es decir, a los que están dispuestos a agarrar las oportunidades al vuelo. Ya lo dijo algún poeta, creo: “Cuidado con lo que deseamos, porque los deseos se cumplen…”

Quien lo tiene todo perfecto no tiene nada con que soñar y eso es lo más triste que le puede pasar a un ser humano, no tener ganas de soñar… Quien tiene un sueño, tiene un motor potente dentro… así que soñemos y no tengamos miedo de perseguir esos sueños.

Algunos habréis experimentado esa sensación de vacío cuando consigues un objetivo y de repente, estás al final del camino, has conseguido aquello que perseguías… y echas de menos la ilusión y la energía que ésta te brindó en tu viaje.

La vida es como un regalo… porque la podemos saborear de muchas maneras, las emociones son las que le dan textura a nuestro día a día. Me refiero incluso al día a día de la pequeña vida del montón que te ha tocado vivir. Que siempre puedes cambiarla, porque yo podría hacer las maletas y ponerme a recorrer el mundo – ¿quién me lo impide, realmente? Mi sentido común, supongo. Pero sería factible: Tengo pasaporte y hablo 4 idiomas, así que habría que vender y deshacerme de todo lo que tengo, quedarme con una maleta o mochila para ir ligera de posesiones materiales y tirar de ahorros o vivir al día con trabajos temporales por el camino, moviéndome de país en país… sí, con el niño conmigo, ¿por qué no? Hay familias que lo han hecho. Pero tranquilos, sólo lo digo para ilustrar que es posible aunque parezca descabellado, no que lo quiera hacer.

Otro ejemplo más “light”: Cuando era pequeña, mis abuelos vivían a unas 5 horas de tren de nosotros e íbamos a verles en verano, en Navidad… en ocasiones contadas. Pero mi padre, siempre que cruzábamos al lado de la estación de trenes, nos decía (de broma): “¿Y si nos vamos a Praga a ver a los abuelos?” se refería en aquel mismo momento, así, de espontáneos… Nunca lo hicimos pero está bien saber que bien podríamos haberlo hecho. Por poder, se puede. Sólo tienes que comprar el billete y subir al próximo tren, ¿o no?

Es como si vives en Madrid y de repente, un día te da un ¡flus! y en lugar de ir a trabajar, te vas a Atocha, compras un billete de Ave a Valencia y te vas a pasar el día a la playa… Por poder, se puede hacer. Luego ya lidiarías con las consecuencias (un gasto imprevisto de Renfe, buscar una excusa para tu falta de día en el trabajo, volver a casa con la ropa y el pelo lleno de arena y de sal…).

En fin.

La vida no es un camino de rosas… pero no hace falta que lo sea. Entonces se limitaría sólo a un puñado de emociones: alegría, serenidad, felicidad.

Y somos mucho, mucho más. A mí me gustan especialmente el asombro, el deseo, el entusiasmo… la tristeza, la melancolía, la nostalgia, la soledad… el aburrimiento, la ilusión, la compasión, el miedo, la ternura… y ya aprenderé a lidiar con la ira, el odio y la culpa… que tal vez sean las más “oscuras” para mí… pero, todas las emociones valen, no hay ni buenas ni malas. Las emociones dan color y plasticidad a los días, porque la vida es como una hoja en blanco, nuestra mente es la que dibuja a carboncillo en blanco y negro y las emociones son como los colores de la paleta que al invadir el lienzo definitivamente le dan otra dimensión al cuadro.

Las emociones nos hablan de cosas que pasan por dentro, cosas profundamente imperfectas, porque nos hablan de nuestras necesidades no cubiertas.

La inteligencia emocional es la capacidad de entender qué me pasa a mí y qué le pasa al otro y saber adaptar, ajustar, autorregular mi comportamiento en consecuencia.  Y ojo, las personas con una alta inteligencia emocional son más felices.

¿Y acaso no es la felicidad lo que perseguimos todos?

 

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