Mi niña interior

Me apetece escribir. Por primera vez en demasiados días, me siento bien. Tengo la sensación de flotar como envuelta en una burbuja de felicidad y me encuentro maravillosamente. Ojalá me durara esta sensación todo el mes… pero es sólo la bajada de la regla, por fin los niveles de las hormonas que me tenían aprisionada en sus tenazas exprimiendo hasta los últimos resquicios de mi cordura en los terribles días del SPM, por fin las tenazas se han soltado y vuelvo a sentirme a gusto dentro de mi cuerpo y con la mente despejada. Así que quiero recogerlo, reflejarlo en la pantalla, para que de alguna manera cuando otra vez esté de bajón, pueda recordar que sólo es un ciclo y siempre vuelve a haber luz al final del túnel (y granos en mi cara y cuello, pero eso es otra historia… y dicen que la piel grasa en la edad adulta envejece más despacio, es menos propensa a las arrugas. ¡Algo es algo!).

Y coincidió con este cambio de nivel de hormonas o con el comienzo de la primavera, yo que sé, que de alguna manera la vida me ha hecho ver un par de cosas que también quiero reflejar aquí… y compartirlo por si alguien se sienta identificado y mi pequeña experiencia pueda ayudarle de alguna manera.

El primer “momento revelación” va sobre la relación emociones-comida. Esto es algo que descubrí por la primera vez siendo una adolescente atormentada por cierta obesidad, cuando cayó en mis manos un librito finito que hablaba precisamente de eso, de cómo comemos por ansiedad, tristeza, rabia, vacío, aburrimiento, soledad… Yo estaba inmersa en un bucle eterno de “me siento mal – como – engordo- me siento peor – como –engordo, etc.”  y leer sobre ello me ayudó a darme cuenta de qué me estaba pasando, aunque conseguí romper el círculo definitivamente y “salir del pozo” años después, tras muchos intentos y un lento trabajo de crecimiento personal que me ha ido abriendo los ojos poco a poco. Hoy, aunque mi peso no es de modelo, peso 20 kilos menos que aquella adolescente. Me sentí definitivamente “en racha” al casarme, creo que allí tenía mi mejor peso desde los 13 años y me sentía bien y cuidarme me salía de forma natural. No hacía dietas ni me machacaba en el gimnasio, simplemente comía para recargar la energía y para nutrir mi cuerpo, disfrutando del sabor de los alimentos e iba al gimnasio a clases que me llenaban de placer. Con mi título de dietista y un poco porque desde siempre me había interesado muchísimo el mundo de la alimentación equilibrada y la vida sana, sabía tomar las decisiones correctas acerca de qué me llevaba a la boca y cómo pasaba mi tiempo libre… Y todo iba sobre ruedas. Tenía la tripa plana y estaba feliz. No me castigaba con la comida ni me refugiaba en ella ni la comida era mi enemigo. Entonces llegó el embarazo y todo se fue al garete… no tanto porque engordara 22 kilos y los volviera a perder… pero de alguna manera nunca recuperé del todo ese equilibrio, esa facilidad de estar a gusto conmigo misma, como en mis años antes de ser madre.

Y ahora, cinco años después de haber dado a luz, con una lenta, pero no menos alarmante por ser definitivamente ascendente, tendencia de mi peso a aumentar (unos 2 kilos al año, pero eso en 5 años son 10…) y con 10 centímetros más en la cintura de cuando me compré mi vestido de novia, como pude comprobar con incredulidad al ordenar los papeles viejos y encontrarme la factura el otro día (el resto de las medidas siguen igual, pero la cintura ya no ha vuelto ser lo que había sido);  empiezo a preguntarme ¿por qué?

¿Por qué no consigo cuidarme si antes se me daba tan bien? ¿Por qué me falta la motivación que antes sí tenía y siempre me puede “el cansancio” o el “da igual”? (que en el fondo no me da igual, pero si no hago nada al respecto, es como si me diera igual)

Y tengo algunas respuestas: No es sólo porque haya pasado unos años muy malos, con falta crónica de sueño. Eso poco a poco ha ido mejorando, al eliminar definitivamente la siesta obligada en el cole, ya no tenemos problemas para acostarnos a una hora “decente” – las diez, diez y media… y los despertares nocturnos son esporádicos.

No es sólo porque haya vivido unos años muy duros, a la carrera entre trabajo – casa – bebé, sin poder detenerme ni un segundo. Eso también ha mejorado, tengo reducción de jornada, el niño es cada vez más independiente, sólo tengo uno…

Así que hay algo más… (Ahora viene el momento revelación, hasta ahora os he ido situando. Siempre me voy por las ramas, lo sé…)

Creo que lo que pasa es que muy dentro de mi cabeza, sigo abrumada por el shock que supuso la llegada del bebé a nuestras vidas, por el cambio total de prioridades, por la falta de sueño y de tiempo para mí misma…  y a nivel subconsciente me siento abandonada, apartada, dejada de lado y estoy enfurruñada como una niña pequeña, enfadada con todo el mundo pero con quien más es conmigo misma, así que me “castigo” no cuidándome aunque pudiera… y en el fondo, debajo de esa rabia, está la tristeza de mi niña interior, sola y desatendida.

Allí está.

Y la otra cosa, el punto nº2, va sobre la conexión con una misma, sobre cómo hay que “nutrir el alma” en nuestro día a día y cómo eso es lo que a las mamás se nos olvida siempre. Esas cosas pequeñas que te auto-regalas cada día y que te llenan de placer, que harás sólo por y para ti – pueden ser 5 minutos sin hacer nada, puede ser salir a caminar, hacer un poco de ejercicio, escribir un rato en el blog o en tu diario, arreglarte frente al espejo… Pequeños gestos y rituales que te acercan a tu niña interior.  Y bueno, me ha hecho pensar en cómo vivía antes de tener al niño, cómo me nutría continuamente  con mis pequeñas aficiones y me sentía mimada por mí misma y feliz con la vida que me estaba regalando – repartiendo mi tiempo entre el deporte, la costura, la repostería, las plantas, la lectura y la fotografía… y cómo el niño pasó a ser la prioridad nº 1 en mi vida y todo lo demás se borró de un plumazo. Me dediqué a nutrir exclusivamente el alma de mi peque y de alguna manera, a las mamás eso nos sirve, porque un hijo  es “el alma de tu alma” y si él es feliz, tú también lo eres… Pero, y aquí va mi gran revelación (que para muchos no lo será, pero yo soy así de torpe):

¿Y si funciona a la inversa? Y si cuánto más nutres tu propia alma, cuánto más feliz eres tú… ¿más lo podrá ser tu hijo también? Ajá…

Para terminar, quisiera decir que con estas reivindicaciones de que necesito tiempo para mí misma, etc. no quiero dejar de ser madre ni eliminar al niño de mi vida, para nada, pero quiero empezar por fin a disfrutarlo sin autocastigarme porque al principio lo hayamos pasado un poco mal… Y de paso quiero volver a mimar un poco a la niña que hay en mí y que seguirá allí aunque tenga ochenta años y que necesita que la cuiden y simplemente que le hagan un poco de caso de vez en cuando.

Anuncios

2 comentarios en “Mi niña interior

  1. Hoy hemos descubierto que tenemos algo en común y has comentado que tienes un blog. He leído varias entradas y me encanta. Me has emocionado y hecho pensar. Sigue escribiendo. Te seguiré!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s