Días tontos

Es sorprendente como mi ánimo ha cambiado en cuestión de unos pocos días. Hace nada he publicado el post de “Septiembre”, lleno de ilusión y alegría, fiel reflejo de mi estado de ánimo cuando lo escribí; pero ahora, de repente, estoy justo en el polo opuesto, triste y decaída. En el fondo sé por qué es, es que me viene la regla y es mi particular “síndrome premenstrual” – este mes no estoy irritable y estresada, este mes estoy  hipersensible, como atrapada en un lodazal de tristeza espesa y pegajosa. Son las hormonas. Es raro estar así. Cualquier cosa puede hacerte llorar – hasta ver una hoja caer en el parque. Me duele la espalda en la parte lumbar, tengo la mente embotada y realmente no sé cómo tomarme las cosas, porque soy como un enorme corazón sangrante, con los sentimientos brotando como lágrimas ardientes y con las emociones a flor de piel.

Estando en éstas, te ves dando vueltas en la cama a las dos de la mañana, incapaz de conciliar el sueño, por esta ola de calor insoportable y porque el recuerdo de tu gato al que tuviste que sacrificar porque estaba tan malito te quema en el alma y lloras por el animalillo inocente que se fue y por aquella Hana diez años más joven que lo había acogido con todas sus ilusiones, sintiéndose un poco más arraigada en España por el hecho de hacerlo, lloras por la ausencia de la compañía fiel e incondicional que te solía brindar y lloras lo que no lloraste en su momento, porque “la vida siguió” y “hay que ser fuerte” y porque “sólo era un gato”.

Estando en éstas, el peque vuelve al cole y tu ansiedad por protegerle crece como una espiral que amenaza con ahogarte. No eres la única, el whatsup de los padres es un hervidero estos días y la cosa está que arde.

Estando en éstas, nos ponen un tratamiento nuevo en el oftalmólogo, que en principio y en palabras del oftalmólogo, no significa un paso para atrás y seguramente sea el remedio suficiente (aunque ya lo veremos en dos meses en la siguiente revisión), pero ya te quedas algo traspuesta . Se abren otras heridas y vuelven otras sombras. Como por ejemplo el hecho de no poder tener más hijos porque podrían nacer con el mismo problema en la vista y el simple hecho de escribirlo hace que se te llenen los ojos de lágrimas que queman por su amargura, porque tú sientes que como madre no has dicho tu última palabra aún y quisieras volver a vivir la experiencia y quisieras tener ese otro hijo que no puedes permitirte.

Yo lo llamo días tontos y lo mismo que vienen, sé que se van. Tal vez peco de dejarme llevar demasiado, de abandonarme a la tristeza, pero es que no puedo evitarlo – es como una corriente tan fuerte que te arrastra. Cuando era pequeña, a veces mi padre me preguntaba:

“Hija, ¿por qué lloras?”

Y yo le decía: “Lloro porque quiero.”

Y lo mismo me pasa de adulta. Soy una llorona, pero por favor, dejadme llorar, cuando mi alma llora, mi corazón llora, mis ojos también lo hacen, necesitan hacerlo.

Hace poco he leído un artículo súper interesante sobre las emociones en los niños, sobre lo importante que es el no reprimirlas, sino aprender a diferenciarlas, nombrarlas y aceptarlas. Decía que cuando pedimos a los niños “no llores” en realidad estamos pidiendo “no me llores a mí” porque somos débiles y no podemos soportarlo, no sabemos cómo hacer frente a su pena, porque nos han enseñado desde pequeños a reprimir este tipo de emociones, y entonces verlas en alguien nos asusta y nos hace sentir incómodos.

Yo lloro a mares en determinados momentos de mi vida y por eso sé que las lágrimas alivian y no me avergüenzo de ello. El autor del artículo decía que a los bebés no hay que dejarles llorar, pero a los niños mayores sí; pero que eso va a contracorriente de la sociedad hoy en día que dice que no hay que acudir a cada llanto del bebé porque “sino se malacostumbran” y porque “llorando ensanchan los pulmones”, es decir, dejamos a los bebés llorar;  y sin embargo, en cuanto los niños son un poco más mayores, el mensaje es “no se llora”, “sé fuerte”, “no es para tanto” – y todos reprimimos el llanto. Cuando debería ser justo al revés. No sé si soy la única que lo ve con claridad cegadora, la que lo siente con un convencimiento tan fuerte que casi duele saberlo.

No dejar llorar a los bebés, sí dejar llorar a los niños… y dejarnos llorar a nosotros mismos. Días tontos los tenemos todos.

 

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2 comentarios en “Días tontos

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